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jueves, 8 de abril de 2010

El Enano Saltarín

Había una vez un molinero que tenía dos grandes amores en su vida: el trabajo y su hija. Era ésta una hermosa doncella en la que resplandecían todas las virtudes.
Hizo la suerte que pasara por allí el joven rey, que se interesó por su vida y su trabajo.

— ¿Decís que tenéis una hija?
— Sí, Majestad, tengo una hija que, además de ser muy bella, es tan habilidosa que sería capaz de hilar paja y convertirla en oro.
— Una doncella así me convendría. Si tu hija es tan hábil como dices, tráela mañana a palacio; quiero convencerme si es verdad cuanto decís.
— Señor, aunque pobre, soy honrado y leal.
— Pues así habrá de ser, porque en el caso de que tu hija no tenga tales habilidades mandaré que os ahorquen a ambos.

A otro día por la mañana la joven fue conducida a palacio, donde la metieron en una alcoba que tenía grandes montones de paja y en la que sólo había una rueca y una banqueta. Allí un criado de palacio le dijo:

— Ponte al trabajo inmediatamente, porque si para mañana no has convertido en oro toda esta paja, su Majestad te mandará ahorcar. Y salió de la habitación dando un portazo.

Al quedarse sola la joven rompió a llorar desconsoladamente.

— ¡Ay, Dios mío, por qué habrá dicho mi padre que yo sería capaz de hilar la paja para convertirla en oro, si eso es imposible!

La joven seguía llorando cuando sintió una musiquilla y, de pronto, apareció un enanito muy sonriente que le dijo:

— ¡Buenos días, molinerita! ¿por qué lloras?
— ¡Ay, señor, el rey me manda que hile toda esta paja y la convierta en oro y no sé cómo empezar!
— ¿Qué estarías dispuesta a darme si yo hilo toda la paja y la convierto en oro?
— Yo no tengo ninguna joya que darte, pero ayúdame y haré cualquier cosa por ti.
— Bueno, bueno, prométeme que cuando te cases me entregarás el primer hijo que tengas.
— ¡Pero si yo no me pienso casar!
— Bueno, bueno, pero tú prométemelo.
— Está bien, pero luego no sufras por el desengaño.

El enanito se puso a trabajar con tal velocidad que en poco tiempo tuvo hilado hasta el último puñado de paja.

A otro día por la mañana, cuando llegó al rey quedó asombrado al ver aquel montón de oro y pensó que la forma de asegurarse aquella riqueza era hacer que la molinera fuera su esposa.

— Estoy orgulloso de ti hasta tal punto que voy a casarme contigo.
— ¡Pero, señor, yo no...!
— ¡Nada, nada, —la interrumpió el rey—, mañana mismo nos uniremos en matrimonio!

Se casaron y fueron felices. Y al pasar un año la cigüeña les trajo un tierno infante.
Un día que la joven reina estaba a solas con su hijito se le apareció el enano y le dijo:

— Buenos días, Majestad, vengo para que cumpláis vuestra promesa. ¿O acaso la habéis olvidado ya?
— ¡No, por favor, señor, pedidme lo que queráis, pero dejadme a mi hijito!
— Está bien, voy a darte una oportunidad. Te doy tres días de plazo para que adivines cuál es mi nombre.

La reina no durmió en toda la noche recordando cuantos nombres sabía. Al día siguiente, cuando llegó el enanito, la reina le recitó todos de carrerilla; pero a cada uno de ellos el enano daba un pequeño salto y riendo decía:

— ¡No, no, ése no es mi nombre, ja, ja, ja, ja! Y desaparecía muy contento al ver que no adivinaba su nombre.

Al día siguiente otra vez la reina volvió a decirle todos los nombres que pudo recordar, pero el enanito desapareció riendo al ver que la reina no conseguía acertar.

Viendo la reina el corto plazo que tenía para adivinar el nombre del enano, mandó a un servidor de la Corte para que lo siguiera o indagara su paradero. El emisario llegó hasta lo alto de una montaña y, escondido detrás de unas matas, vio cómo el enanito bailaba alrededor de una brillante hoguera, mientras tocaba una dulzaina y al mismo tiempo cantaba:

— ¡Mañana tendré yo aquí un príncipe que me sirva, desde el punto hasta el confín, nadie sabrá que me llamo el Enano Saltarín!

El servidor de la Corte, al oír esto, corrió enseguida a decírselo a la reina, que se puso muy contenta. Y a otro día, cuando llegó el enanito, la reina empezó como de costumbre a decirle nombres:

— ¿No te llamarás Pedro? ¿No te llamarás Juan?

Y a cada fallo de la joven, el enano daba un pequeño salto y decía:

— ¡No, no, frío, frío!
— Entonces, entonces puede que te llames el Enano Saltarín.
— ¡Aaaaj! ¡Por fuerza te lo tiene que haber dicho el mismísimo Diablo!

Y salió por la ventana dejando tras de sí un gran rastro de humo.
La reina no volvió a verlo jamás y vivió muy feliz con su principito y con su esposo.
Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

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